Historia de la Anestesia en Argentina
Transfusión y Administración de Líquidos

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Luis Agote, (1868-1954) preocupado por los problemas hemorrágicos en pacientes hemofílicos, haciendo estudios en el Instituto Modelo de Clínica Médica del Hospital Rawson, realizó la primera transfusión de sangre citratada en un voluntario, que era el portero del mencionado hospital de nombre Ramón Mosquera, con pleno éxito. Agote fue informado por un colaborador no médico, de origen gallego, cuyo nombre era Rodas, que "en su tierra usaban un licuado de cebolla después de matar el cerdo, para evitar que la sangre se coagulara, esto hizo que el investigador indagara durante mucho tiempo, en procura de lograr una sustancia anticoagulante. Fue con la ocasión de querer preparar huevos fritos en su laboratorio, que confundió los recipientes de sal y citrato de sodio, añadiendo éste último y comprobando con asombro, que la clara de huevo no se coagulaba con la cocción. Así nació, en forma accidental, uno de los grandes descubrimientos que ayudaron a salvar numerosas vidas posibilitando cirugías más complejas, y tratamiento de distintas formas clínicas. Sin embargo, recibí la información del historiador Antonio Guerrino, que Sampietro discípulo de Vaccarezza en el hospital Muñiz, le había informado que cuando Agote supo del uso del licuado de cebolla contado por Rodas, se abocó a estudiarla, comprobando con sorpresa que ésta contenía un elevado porcentaje de citrato de sodio, el que indudablemente permitía hacer incoagulable la sangre.

Las épocas difíciles que vivimos los anestesistas en nuestra práctica diaria, cuando los pacientes tenían hemorragias de importancia durante las operaciones; para tratar la caídas tensionales peligrosas y hasta mortales, y disponíamos tan sólo de soluciones fisiológicas o glucosadas, que se inyectaban en elevados volúmenes (5 a 6 litros) por vía subcutánea, lo que era facilitado mediante la tan difundida pera de Richardson a presión, empleada más tarde para poder incorporar por vía endovenosa soluciones cristaloides y sangre con mayor rapidez, siendo responsable de muertes cuando le empleábamos para administrar volúmenes importantes de sangre usando los frascos de transfusión provistos en su interior de 2 tubos de vidrio, uno era para la toma de aire que llegaba hasta el fondo del frasco, donde se colocaba la pera a presión. Si en el armado tubo que iba al enfermo, por error había sido introducido hasta la mitad del frasco, cuando el nivel de la sangre llegaba al tubo introducido en demasía, el aire comprimido por acción de la pera, que con frecuencia podía sumar litros, pasaba a la vena del enfermo, ocasionando a veces una embolia gaseosa que según la cantidad de aire introducido podía ocasionar la muerte.

Con los líquidos que administrábamos por vía subcutánea, creábamos grandes edemas, en un intento por ayudar a compensar, frente a grandes hemorragias, el desequilibrio provocado por la pérdida sanguínea; en aquel entonces no disponíamos de soluciones confiables, y el usarlas por vía endovenosa era riesgoso. Las agujas empleadas era de pequeño calibre, y las esterilizábamos sometiéndolas a la ebullición en agua durante 20' a 30'; frecuentemente estaban tapadas o despuntadas en el momento de usarse, lo que ocasionaba desgarros venosos. Las tubuladuras eran de goma reseca por la mala calidad o por las reiteradas ebulliciones, además las soluciones frecuentemente estaban contaminadas. Muchos vivimos las épocas en que se conservaban jeringas y agujas en una solución alcohólica

La vía endovenosa estaba considerada de gran riesgo y no era aconsejable, las reacciones alérgicas y shock con frecuencia estaban presentes, siendo menos riesgosa la vía subcutánea, aunque ésta a veces en el postoperatorio evolucionaba con celulitis por infección.
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