Reseña Histórica de la Anestesia en Costa Rica
Los Precursores

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EL ESTRAORDINARIO DOCTOR DURAN

La Historia de la anestesia en Costa Rica se inicia en 1875, con la llegada al país del doctor Carlos Durán, o sea, veintinueve años después de que William Morton hiciera, en el Hospital General de Massachusetts, la primera demostración con éxito de una anestesia.

"Tenía poco tiempo de haberse incorporado al Hospital San Juan de Dios, cuando al pasar por un corredor vio al doctor Bruno Carranza que, sin anestesia se disponía a amputarle una pierna a un paciente amarrado a un escaño sobre el piso de tierra. En aquel instante el doctor Durán debe haber recordado todas las enseñanzas adquiridas en Inglaterra y, desde ese momento, se preocupó por ponerlas al servicio de sus semejantes".

Recién llegado del Guy's Hospital, de un Centro donde la anestesia se utilizaba a diario y la cirugía se realizaba sin dolor, no podía concebir aquel atraso y ordenó traer de inmediato varios frascos con cloroformo.

El doctor Durán nació el 12 de noviembre de 1852, de manera que cuando tuvo lugar la Guerra del 56 era todavía un niño. Sus padres fueron don José Durán Santillana, de origen salvadoreño, y doña Ramona Cartín Mora.

Inició sus estudios de Medicina en la Facultad de París, de donde tuvo que trasladarse a Inglaterra debido a la guerra Franco-Prusiana de 1870. Ingresó al Guy's Hospital de Londres, donde se graduó de médico y cirujano el 30 de abril de 1874. Allí se distinguió como uno de los discípulos más brillantes del doctor Lister, quien por aquellos días era nada menos que el médico de la Reina Victoria. Al regreso a su patria, el 15 de enero de 1875, se incorporó al Protomedicato de Costa Rica.

En relación con el Protomedicato, es parece interesante transcribir lo que dice la Reseña Histórica del Colegio de Médicos y Cirujanos al respecto: "El 19 de octubre de 1857 el Presidente de la República, don Juan Rafael Mora Porras, considerando que había un buen número de médicos ejerciendo la profesión en el país y que se hacía necesario que existiera un centro que reglamentara y velara por el buen ejercicio de la Medicina, creó el Protomedicato de la República y la Sociedad Médica de Costa Rica, cuyos directores eran nombrados por el Poder Ejecutivo. El Protomedicato, según el acuerdo respectivo, tenía por fin velar por el buen funcionamiento de la profesión médica en el país y era, además, el encargado de examinar a los médicos que solicitaban la autorización para el ejercicio profesional,. La Sociedad Médica tenía por objeto procurar el progreso de la profesión, y era la llamada a resolver las consultas que los Poderes Públicos le solicitasen sobre materias de su competencia. El primer Protomedicato, dice ese texto, quedó integrado de la siguiente manera: Presidente, el doctor Bruno Carranza; Vocales don Pedro Reitz y don José Vicente Espinach, y Secretario don Manuel María Esquivel".

Con relación a don Bruno Carranza Ramírez, una de las grandes figuras de la época, la Historia General de Costa Rica nos relata que, "durante su breve gestión como Presidente Provisorio (debido al golpe militar del 27 de Abril de 1870), el 20 de junio de 1870 decretó la creación del "Ministerio de Salud Pública", hecho de enorme importancia y trascendencia para la vida nacional."

Siendo el doctor Durán Secretario de Estado en el Despacho de Gobernación durante la Administración de don Bernardo Soto, en 1886, promovió la construcción del Asilo Chapuí para alojar a los dementes. Posteriormente, como Presidente de la Facultad de Medicina, fundó la Escuela de Obstetricia y poco después la Escuela de Enfermería

El 16 de agosto de 1915, cuando el doctor Durán era Diputado al Congreso Constitucional, logró que se aprobará una Ley para crear un Sanatorio en donde poder atender a los enfermos tuberculosos. Años después, y en reconocimiento a su labor, se dispuso ponerle a esa Institución el nombre de "Sanatorio Carlos Durán". Desde la fundación del referido Sanatorio hasta el día en que falleció, el doctor Durán desempeñó el cargo de presidente de la Junta Directiva de ese Centro en forma gratuita"

Fue seis veces diputado, varias veces ministro y, del 8 de noviembre de 1889 al 8 de mayo de 1890, Presidente provisional de Costa Rica al renunciar don Bernardo Soto a dicho cargo. Gracias a la capacidad y entereza del doctor Durán, se restablecieron la paz y el orden en el país en un momento de gran agitación social.

Desde su llegada al país entró a formar parte del cuerpo médico del Hospital San Juan de Dios, donde ocupó los cargos de Cirujano, Jefe de Cirujanos y Cirujano de Consulta, cargos todos que desempeñó en forma ad-honorem hasta el día de su muerte, la cual ocurrió el 23 de noviembre de 1924

Sin duda alguna el San Juan de Dios constituyó para él uno de los principales motivos de interés y preocupación. Además de haber traído el cloroformo al país, como dijimos, introdujo en las Salas de Operaciones el "spray" de ácido fénico tal y como lo utilizara Lister en Inglaterra, con lo cual disminuyó las infecciones y la mortalidad operatoria.

Es importante recordar que en 1875 el Hospital estaba administrado por religiosas. Las abnegadas monjitas tenían a su cargo no sólo las labores domésticas, sino también las de enfermería; razón por la cual, cuando llegaron los primeros frascos con cloroformo, el doctor Durán les mostró la forma de administrarlo. A partir de ese momento y hasta 1965 (durante noventa largos años), las religiosas continuaron dando anestesias en diferentes hospitales del país, sobre todo en aquellos alejados de la capital.

La anestesia se administraba entonces por el método "gota a gota". Era un procedimiento realmente sencillo: sobre una mascarilla de alambre se colocaban ocho capas de gasa y, aplicando la mascarilla a la cara del paciente, se empezaba a gotear el cloroformo lentamente. Se vertían unas seis gotas en el primer minuto (una cada diez segundos), con lo cual el paciente se iba acostumbrando al olor sin poner resistencia. Durante el segundo minuto se administraba doce gotas, veinticuatro en el tercero, hasta llegar a una gota por segundo.

A finales del siglo XIX, algunos médicos que habían estudiado en los Estados Unidos de Norteamérica, trajeron el "éter" a Costa Rica. En aquel país se utilizaba con más frecuencia el éter que el cloroformo, no sólo porque fue el agente con que se inició en esa nación la era de la anestesia, sino porque con este último se habían reportado algunas muertes.

En la página 204 de la obra titulada "Hospital San Juan de Dios, 150 años de historia", encontramos los siguientes e interesantes datos en la relación con la mortalidad operatoria:

En el bienio 1920-1921 fue del 2.22%
En el bienio 1922-1923 fue del 1.72%
En el bienio 1924-1925 fue del 1.12%
En el bienio 1926-1927 fue del 1.30%
En el bienio 1930-1931 fue del 0.57%

De los números anteriores (nos dice el Licenciado González Pacheco), se desprende que la mortalidad producida por la labor quirúrgica iba en descenso, producto de la mejor técnica científica que se aplicaba en el Hospital.

Como para realizar las amigdalectomías o cualquier tipo de cirugía dentro de la boca (sin interrumpir la anestesia por supuesto), era necesario retirar la mascarilla para darle campo al cirujano, la anestesia se continuaba administrando con el gancho de Junker. Recordemos que por esos días no existía todavía la intubación endotraqueal.

Este sencillo, pero ingenioso instrumento, consistía en un tubo metálico en forma de U invertida, con una rama corta y otra larga. Una vez dormido el paciente (empleando para ello el método "gota a gota"), se retiraba la mascarilla, se le ponía un abrebocas y, cabalgando de una de las comisuras, se colocaba la rama corta del gancho de manera que ésta quedase dentro de la boca. Al otro extremo del gancho se ajustaba un tubo de goma, a través del cual llegaban los vapores anestésicos provenientes de un frasco en el que el éter se hacía burbujear mediante el paso de una corriente de aire u oxígeno a través del mismo. La cantidad de vapores anestésicos era regulada por la intensidad del burbujeo: es decir, si el aire u oxígeno que pasaba por el fondo de la botella se aumentaba de trescientos a quinientos centímetros por minutos, por ejemplo, el burbujeo era mayor y mayor la cantidad de vapores que llegaba a la faringe del paciente. Por el contrario; si se quería reducir el anestésico, se disminuía la corriente de oxígeno o se eliminaba totalmente. El mecanismo era tan sencillo como soplar a través de una pajilla en un vaso con agua.

Era necesario amarrar al paciente a la mesa de operaciones. Para acortar el período de inducción y hacer menos dramático y desagradable el inicio de la anestesia, con frecuencia se utilizaba el "cloruro de etilo".

En 1962, recién llegado el doctor Luis Guillermo Hidalgo de Dinamarca, en donde se especializó como anestesiólogo, en una visita que hizo al Hospital San Rafael de Puntarenas, al ver a una monja que se disponía a dormir a un paciente con el antiguo método "gota a gota", le preguntó: "Hermana, ¿a usted no le da miedo administrar una anestesia en esa forma?" y la monjita, acongojada por la pregunta y con la voz entrecortada, le respondió: "Ya lo creo doctor, por supuesto que me da miedo…pero mire…" y abriendo una de las manos le mostró un rosario que tenía apretado entre los dedos.

No hay duda que sin máquinas de anestesia, sin intubación endotraqueal, sin dosificadores de gases y sin ningún monitor a mano, Dios debe habernos ayudado en más de una ocasión.

Al empezar el siglo veinte, como el número de operaciones iba en aumento y las religiosas no podían atender todas las anestesias, algunos cirujanos, más por obligación que por gusto, empezaron a encargarse de ese procedimiento. Entonces era frecuente que los médicos se turnaran, de manera que cuando uno de ellos administraba la anestesia para que el otro operara, en la siguiente oportunidad, quien había llevado el bisturí se encargaba de dormir al paciente.

Para confirmar lo anterior vamos a tomar algunos casos del "Registro de las intervenciones quirúrgicas del Hospital San Juan de Dios", cuyos volúmenes se guardan celosamente en la Jefatura de la Sección de Cirugía, ya que ellos encierran la historia de todo lo ocurrido en las salas de operaciones desde el 9 de junio de 1906 (primera anotación), hasta el 28 de mayo de 1942, fecha en que se consigna la última intervención. Sin duda, esos libros constituyen un verdadero tesoro estadístico y documental.

Tomemos el más antiguo de ellos: el correspondiente a 1906, y en la página 26 vemos, con admiración y asombro, que el 11 de junio el doctor Luis Paulino Jiménez operó al niño Julio Fernández de una hendedura palatina. Como asistente fungió el doctor José María Barrionuevo y como anestesista el doctor Benjamín Hernández, quien empleó cloroformo.

Al día siguiente, 12 de junio (página 27), el doctor Federico Zumbado tuvo que intervenir a la niña María Clara Alvarez, quien dieciocho días atrás se había tragado un alfiler de corbata. Fue traída al hospital (dice la hoja operatoria), después de varios intentos de hacer pasar mecánicamente el alfiler. Como presentaba dolor en la región del ciego, fue examinada bajo Rayos X y el alfiler se veía en esa región. Se le practicó una apendicectomía con éxito, extrayéndose el cuerpo extraño. La anestesia le correspondió administrarla al doctor Ricardo Jiménez Núñez.

El martes 19 de junio (ver página 36), el doctor Jiménez Núñez le debrida a Tobías Alfaro un abceso de la región parotídea izquierda, encargándose de la anestesia el doctor José María Barrionuevo.

El 24 de junio (página 45), el doctor José María Soto interviene a María Muñoz para corregirle una hernia inguinal estrangulada, actuando como asistente el doctor José María Barrionuevo, y como anestesia el doctor Federico Zumbado.

El 3 de julio de 1906 (ver página 54), el doctor Ricardo Jiménez Núñez opera a Belisario Valverde para debridarle un absceso del músculo psoas. Le asistió el doctor José María Barrionuevo, y la anestesia estuvo a cargo del doctor Benjamín Hernández.

Al día siguiente (página 55), el doctor Federico Zumbado opera a Leopoldo Mora por hemorroides internas, actuando como anestesia el doctor Hernández. Pero doce días después, el 16 de julio, el doctor José María Soto le extirpa la hemorroides externas a este mismo paciente, encargándose de la anestesia el doctor Jiménez Núñez.

El 17 de septiembre (página 136), el doctor Federico Zumbado interviene a Benjamín Ovares, quien tenía un absceso en la región mastoidea izquierda, administrando la anestesia el doctor Tomás M. Calnek.

El 3 de octubre de 1906 (ver página 165), el doctor Carlos Durán le practica un curetaje y resección del cuello uterino a la paciente Adelaida Murillo, asistido por el doctor Luis Paulino Jiménez. La anestesia estuvo a cargo del doctor F.C. Alvarado.

El 5 de Noviembre de ese mismo año (página 210), el doctor Rojas operó a Rafael Jiménez, quien había recibido una herida por arma blanca en el abdomen, siendo asistido por el doctor Ricardo Jiménez Núñez. En esta ocasión la anestesia estuvo a cargo del doctor Toledo.

Para concluir este punto, en la página 246 encontramos que el 6 de diciembre de 1906, el doctor Luis Paulino Jiménez, asistido por los doctores Ricardo Jiménez Nuñez y Benjamín Hernández, intervino a Mercedes Rojas por una fractura del fémur izquierdo. Se expuso la fractura y se resecó un pico sobrante (relata la hoja operatoria), después de lo cual se procedió a cerrar la herida. A cargo de la anestesia estuvo el doctor Amancio Sáenz Clark.

Poco después, a los médicos recién llegados "los ponían" a dar anestesias. Era una forma de iniciación o paso previo para escalar otras posiciones. Me contó en una oportunidad el doctor José Manuel Quirce, magnífico cirujano y excelente profesor, quien además fuera Director del Hospital San Juan de Dios de 1962 a 1976, que cuando llegó de Bélgica, país en donde hizo sus estudios de medicina, tuvo que pasar algún tiempo "dando" anestesias antes de que le permitiera realizar su primera operación.

Fue así como, el 2 de enero de 1934, día en que el doctor Ricardo Moreno Cañas operó a un muchacho de 21 años de edad llamado Gonzalo Madriz, que tenía alojada una bala en el pericardio, le correspondió al doctor Carlos de Céspedes dar esa anestesia. Me relata don Carlos que la inducción la hizo con cloruro de etilo y la continuó con éter. Quiero aprovechar la oportunidad para recordar que el doctor De Céspedes fue, durante más de cuarenta años, uno de los radiólogos más distinguidos que haya tenido el país. Hoy vive retirado de los hospitales, pero no olvida aquella hazaña que marcó un hito en la historia de la cirugía de Costa Rica. Esta proeza ha sido descrita con prolijidad por poetas e historiadores, y todos ellos han exaltado, con justa razón, la figura del doctor Moreno Cañas.

Esta operación aparece anotada en la página 1725 del Tomo correspondiente a 1933-1934, del "Registro de las intervenciones quirúrgicas del Hospital San juan de Dios".

Por cierto, me dijo el doctor De Céspedes, con quien conversar resulta un verdadero placer, que, como en Costa Rica no se conocía el "sello de agua" para cerrar el tórax, al paciente se le suturó la herida dejando el pulmón izquierdo colapsado. El propio don Carlos me confiesa que quedó asombrado, cuando unos días después vio al enfermo sentado y conversando.

La descripción de esta conversación, con lujo de detalles, la encontramos en la obra titulada "Hospital San Juan de Dios, 150 años de Historia" (página 238 a la 242), en la cual el propio doctor Moreno Cañas narra lo sucedido: "Me asistió en la operación el doctor Fernando Pinto y aplicó el anestésico el doctor Carlos de Céspedes."
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