Historia de la Anestesia en Uruguay
El Aparato de Ombredanne

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Hasta bien entrado el siglo XX, cuando aún el encargado de "hacer" la anestesia era un practicante de medicina, una nurse, enfermera o enfermero o la hermana de caridad, se repetía con frecuencia la escena de la búsqueda, por los corredores de un hospital, de alguien para la anestesia. En la carrera de todo estudiante de medicina, apenas integrado en tercero, al ambiente hospitalario, era condición indispensable la realización de anestesias con el aparato de Ombredanne. Un compañero de promoción anterior, más o menos experimentado le enseñaba a "dar anestesia", al tiempo que se hacía la mano para puncionar venas y sacar sangre, poner inyecciones, cambiar curaciones y vendajes.

Las inducciones, en la técnica de éter por inhalación eran, en el mejor de los casos tormentosas y, a veces, dramáticas. Las excitaciones motoras alcanzaban tal grado que, mientras el anestesista se afanaba en sostener la máscara aplicada al rostro del paciente, una o más personas lo sujetaban sobre la mesa de operaciones para controlar los movimientos convulsivos del período de excitación. El establecimiento de una respiración ruidosa y regular marcaba el momento de la estabilización de la anestesia y el comienzo de la operación. El ronquido respiratorio era el signo característico que permitía, por parte del cirujano, el control auditivo de la marcha de la narcosis, sus modificaciones y, con mayor razón su interrupción, se interpretaban como una desviación de la marcha de la anestesia; el cirujano era el "director responsable de la anestesia", pedía que se aumentara o disminuyera la gradación del aparato que se agregara carbónego, para estimular la respiración, o que se retirara la máscara para que el paciente respirara aire del ambiente. Era el tiempo de los "síncopes azules" y los "síncopes blancos", clasificación precaria de las formas clínicas de los accidentes respiratorios y cardiovasculares. El anestesista se aferraba a la máscara mientras ejecutaba la maniobra de Sabrassez, elevando el maxilar para evitar que el paciente se "tragara la lengua". Las primitivas cánulas faríngeas de alambre permitían la intubación buco faríngea y, junto con la elevación del maxilar, que por sus inserciones del piso de boca, levantaba la lengua separándola de la pared posterior de la faringe, representaban los primeros intentos de desobstrucción de la vía de aire. También era frecuente que los pacientes se "llenaran de secreciones", no obstante la premedicación que se utilizaba con cierta frecuencia. Las posibilidades de dominio de la respiración eran absolutamente precarias; se utilizaban los métodos de respiración artificial preconizados para la resucitación de ahogados y electrocutados, las tradicionales maniobras de Silvester y Shaffer; ambas tenían más de estimulantes respiratorios que de mecanismos reales de ventilación; en forma muy similar operaba el método de Laborde, las tracciones rítmicas de la lengua, que se efectuaba con las pinzas de lengua de Berger o de Lucas Championniêre.

Esta situación de anestesia, que ocurría en muchos países, y era compartida por numerosas actividades paralelas a la medicina y cirugía generales, no solamente convertía esas especialidades en técnicas rutinarias que se movían en moldes estereotipados, sino que impedían casi totalmente el progreso de las mismas. Quienes pudieran haber tenido los conocimientos básicos para perfeccionarse, no estaban interesados (motivados diríamos hoy en día), y los que se convertían en meros ejecutantes de la técnica, carecían de la preparación fundamental.

El Profesor Juan Carlos del Campo, que tanto hizo por el progreso de la anestesia científica en la Clínica Quirúrgica a su cargo, en la Facultad y a través de la Escuela de Graduados, acostumbraba repetir lo ocurrido en Francia en el campo de la Ortopedia. Esta había llegado a un alto grado de progreso con Broca, Ombredanne, Kirmisson; luego estos profesores pasaron a las cátedras de cirugía general. Las nuevas generaciones dejaron de cumplir ese período en las especialidades colaterales, y los profesores agregados que a ellas se dedicaron, no volvieron a ser, como antes, figuras de primera línea. Tanto fue así que cuando los doctores Bado, Vázquez y Rolando quisieron especializarse en Ortopedia y Traumatología, tuvieron que dirigirse a Italia y Austria, con Putti en Rizzoli y Boheler en Viena; y quienes siguieron la senda de la Anestesiología, hicieron lo propio en los Estados Unidos e Inglaterra.

Se pensó, en algún momento, como solución económica y expeditiva formar anestesistas en una escuela de nivel práctico, lo cual nos habría conducido a ganar uno o dos escalones y quedarnos de nuevo estancados.

Esa falsa antinomia entre prácticos y teóricos se resuelve en un simple axioma: "No hay práctica que pueda progresar por si misma, si no está apoyada sólidamente en conocimientos profundos y completos. No existen atajos fáciles en materia epistemiológica; lo que puede parecer a un observador superficial un progreso, es simplemente la cesión de algunos conocimientos limitados, no autogenerables, pagando el precio de ese "Know how" en "royalties".

En 1910 el profesor Enrique Pouey trajo de París el aparato que habría de monopolizar la administración de anestesias inhalatorias durante más de un cuarto de siglo tanto entre nosotros como en toda la América Latina, Francia, Italia, etc. Se trataba del aparato llamado de Ombredanne fabricado por la casa Collin. Por si solo merece una página en esta crónica anestesiológica.

Se ha discutido bastante si fue inspirado por el conocido aparato de Clover, muy difundido en los países de origen anglo sajón. De todos modos lo que si puede afirmarse es que incorporó varios perfeccionamientos que lo hicieron versátil y eficiente.

Uno de ellos consistió en rellenar su interior con trozos de fieltro, que se embebían en el éter, lo cual impedía que este líquido pudiera volcarse sobre la vía de aire del paciente. La otra consistió en adoptar una vejiga como bolsa de reinhalación, en lugar de la más rígida y pesada, de goma, que tenían otros aparatos de la época.

El método en que estaba basado era el semicerrado. El doctor Tison, preparó unas instrucciones para el empleo del aparato que ideó (26) y que muestran, de parte de su autor, un profundo dominio práctico y teórico de la anestesia general por inhalación (28).

Tison había sido alumno de Paul Bert. El aparato se utilizaba en la Clínica Quirúrgica del profesor Ombredanne, desde allí se difundió, y el nombre del doctor Tison quedó poco menos que olvidado.

Se empleó al principio, por supuesto, en el Sanatorio del profesor Pouey sito en la esquina Uruguay y Cuareim. Puede suponerse que los primeros en administrar anestesias con él, fueron los entonces practicantes de ese sanatorio, los doctores Julio Carrére y Diego Martínez Olascoaga. El aparato de Ombredanne estaba destinado principalmente a utilizarse con éter, pero también se podían emplear algunas las mezclas; esta última posibilidad no fue casi nunca adoptada aquí.
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