Historia de la Anestesia en Uruguay
Primeros Quirófanos

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En Montevideo, hasta fines del siglo XIX, muy pocas anestesias se realizaban utilizando el éter. La Clínica Quirúrgica, con los Profesores José Pugnalin y José Samarán a su frente, se mantuvo fiel al cloroformo. La cirugía privada se realizaba en los domicilios de los pacientes y en las fondas (21); habilitábase para ello una habitación desalojada de muebles, se utilizaba una mesa grande, en general la de la cocina y, con la ayuda del pulverizador o spray de ácido fénico, se llevaba a cabo la operación por el método de Lister; cuando las normas introducidas por Pasteur, se llevan a cabo con mayor rigurosidad, comienza a emprenderse la asepsia (22). La cirugía abdominal y otras osadas intervenciones dejan de ser una rareza; para obtener anestesias que pudieran proporcionar el deseado y necesario silencio abdominal, el cloroformo, evidentemente tenía prioridad. Al gota a gota sobre una compresa, que continuó siendo el método de elección preferido por los hábiles cloroformistas, se agregaron muchos nuevos aparatos, tendientes todos ellos a permitir la dosificación precisa de tan potente droga. El aparato de Paul Bert, el de Fredet, el de Ricard; este último continuaba usándose en la Sala Mateo Vidal del Hospital Maciel.

Cuando en 1896, el Profesor Alfonso Lamas se hace cargo de la Clínica Quirúrgica, en la sala Jacinto Vera, entonces un anexo de crónicos de la Sala Cabrera, reinicia la utilización del éter. También, lo prefería el doctor Fleury en la sala de Cirugía de Hombres (Cabrera) que luego pasó a regentear el doctor Juan Francisco Canessa.

En su Sanatorio de la Calle Durazno, y luego en el de las Tres Cruces, primer sanatorio construido especialmente para esa finalidad (23), los doctores Lamas y Mondino, el binomio que había de ser inseparable, utilizaban para administrar las anestesias con éter la máscara de Julliard, o su sustituto autóctono, la galerita redonda (del tipo llamado bombín), a la que se eliminaba el ala y se le cosia un trozo de algodón en rama en su concavidad; este, empapado en éter, oficiaba de rudimentario vaporizador. Se comprende que, debido al forro de seda de la galera, bastante impermeable, se trataba de un método semicerrado. Cuando el dispositivo en uso era la propia máscara de Julliard, construida sobre armazón de alambre, con dimensiones aproximadas de 22 X15 X15 centímetros, y forrada con varios espesores de muselina, se le recubría con una tela impermeable, al menos durante la inducción, para que se acumulara algo del anhídrido carbónico de la exhalación del paciente.

También eran empleadas otras máscaras, la de Shimmelbush, la de Yankauer, que servían indistintamente para éter, cloroformo, cloruro de etilo o las mezclas de uso corriente.

Eran las más preconizadas:

La A.C.E. de los ingleses:
Alcohol 1
Cloroformo 2
Eter 3

La de Billroth:
Cloroformo 100
Eter 30
Alcohol

Cloruro de etilo, éter y cloroformo en partes iguales.

Otra mencionada por el Profesor Augusto Turenne (24)

Todas estas eran de preparación extemporánea; pero existían otras, el Somnoformo, compuesto por los cloruros de etilo y metilo con el agregado de bromuro de metilo, la cita Turenne, aconsejándolo para legrados; El balsoformo que añadía a una mezcla de cloruro de etilo, éter y cloroformo 0`6% de gomenol, una esencia balsámica que también se incluía en el Gometer de Robert et Carriére; el agregado de gomenol tenía como fin prevenir las complicaciones pulmonares que se atribuían a la frialdad y acción irritante del éter. Hoy está probado que las complicaciones pulmonares tienen otro origen pero, ya en aquella época, Mickulis (25) hacia notar que muchas neumonías postoperatorias ocurrían después de anestesias locales y casi en las misma proporción que como secuela de narcosis inhalatorias; entre nosotros el Profesor Horacio García Lagos refería esa misma relación.

El Cloroformo, éter y cloruro de etilo se importaban; los principales fabricantes eran las casas Merk de Alemania y Poulenc y Triollet de París, esta última proveía la clásica ampolla gotero; el cloruro de etilo, de procedencia francesa, Kelene. Existió, bastante después, una importante producción nacional de éter sulfúrico, comercial y para anestesia, por parte del Instituto de Química Industrial, posteriormente incorporado a ANCAP; también destiló éter el Laboratorio Bios, otras procedencias eran el éter Squibb y otros de los Estados Unidos, y los fabricados por la industria farmacéutica de la vecina orilla.

Vemos pues limitándonos al Hospital Maciel (26), que concentraba casi toda la actividad quirúrgica de Montevideo, que en las Salas Maciel y Artigas, Clínica de los Profesores Lamas y Mondino, el éter era el agente de elección; en la Sala Jacinto Vera, Clínica del Profesor Navarro se prefería, sobre todo para las operaciones abdominales importantes y cuando era requisito necesario el silencio abdominal (la relajación muscular) el cloroformo.

En la Sala Francisco Cabrera, donde ya el doctor Canessa había sustituido al doctor Fleury, el éter era preferido. En el sector de Cirugía de Mujeres, Salas Mateo Vidal y Santa Filomena, en cambio se utilizaba el Cloroformo. Allí operaba Luis P. Lenguas, jefe del Servicio y Manuel Nieto y José Iraola; una fotografía tomada en 1912 por el doctor Alberto Mañé, nos muestra a la Hermana Calixta administrando una anestesia clorofórmica, usando el aparato de Ricard. En la Sala Padre Ramón, a cargo del Profesor Isabelino Bosch, Clínica Obstétrica de la Facultad de Medicina, para fórceps y versiones, el cloroformo se consideraba preferible. El Profesor Pouey, en la Sala Santa Rosa, no era tan categórico, veremos que fue él quien introdujo en nuestro país el aparato de Ombredanne que llevó por años, al predominio casi total del éter.

Como puede notarse, en nuestro país el éter y el cloroformo, con algún empleo esporádico del cloruro de etilo, dominaron todo el panorama de la anestesiología inhalatoria. Es sólo en los primeros años del siglo XX que se utiliza, aunque en raros casos, el protóxido de nitrógeno. En el viejo sanatorio de los doctores Luis P. Bottaro y Américo Fossati, que luego pasaría a ser el Sanatorio Uruguay, se adquirió un aparato de Roth Draéger; permitía este vaporizar éter o sus mezclas con cloroformo, en una corriente de oxígeno y de protóxido de azoe. Fue utilizado por el entonces practicante de medicina y luego Profesor Ernesto Quintela.

Bastantes años después, Pedro Cantonnel, José Luis Bado y Manuel Gallarza Herrera administraron anestesias con ese gas; el último de los nombrados, en los servicios de Julio Nin y Silva y de Arán, utilizó un aparato de Hewitt, compuesto esencialmente de una bolsa de gutapercha separada en dos secciones por un tabique; una de esas secciones, de unos nueve litros de capacidad estaba destinada al protóxido, la otra, de un litro, se llenaba de oxígeno, la mezcla era al 10%, un cilindro de oxígeno y otro de protóxido de azoe, alimentaban el sistema.

Fuera de la dedicación ocasional de algún médico a la anestesiología, no existían aquí, ni en los países latinos (América del Sur, Francia, Italia) especialistas en anestesia. Las narcosis generales por inhalación eran administradas por estudiantes de medicina y practicantes, hermanas de caridad, enfermeros y "aficionados"; algunos de ellos dotados de real vocación, habilidad y responsabilidad; varios hicieron de esta labor su principal y aún única actividad.

Como verdadera excepción a este estado de cosas, y que debe ser citado incluso para evitar su olvido, era la posición que adoptaba el Profesor Alfonso Lamas. Ordenaba que las anestesias las realizaran los practicantes internos o los estudiantes de medicina; en los casos más complejos esta función era asumida por Jefes de Clínica o Asistentes. Lamas decía que "la anestesia es un acto médico y nuestros pacientes tienen el derecho de ser atendidos por médicos".(27)
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